Lecciones te dan los hijos…


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Principios de febrero, fecha de ir a hacer la compra mensual.

No sé si lo he comentado alguna vez en el blog –creo que sí- pero, por si acaso, lo digo ahora: estoy casado y tengo cuatro hijos, un niño y tres niñas.  El mayor tiene 10 años y la menor tiene 4.  Si te digo que, además, todos comen como limas…  Entonces ya puedes imaginarte cómo será el abastecimiento familiar…  Gracias a Dios, mi mujer es la encargada del mismo (y no es machismo, es distribución de funciones familiares… Lo digo por los malpensados, que siempre hay alguno).

A lo que íbamos: el otro día mi esposa fue a hacer la compra con los niños.  Al llegar a casa, los mayores se fueron a su habitación a hacer los deberes que les habían puesto en el colegio, y la pequeña se quedó con ella sacando la compra de las bolsas.  Y aquí empieza la anécdota…

Con toda la compra encima del mármol de la cocina, mientras la ordenaban para guardarla en la despensa, se oyó una vocecita infantil que preguntaba:

– Mamá, hay que ver la de cosas que tenemos…  Con la de gente que hay que pasa hambre… ¿No tendríamos que darles algo para que coman?

Tras el primer impacto –los niños sueltan a menudo verdades como puños que te golpean directamente en el alma– la voz adulta respondió entre enternecida y a la defensiva:

– Tienes razón, cariño.  Pero, ¿no podrías habérmelo dicho cuando todavía estábamos en la tienda?  No te preocupes, ya volveremos mañana y compraremos algunas cosas para dar.

Pero los niños son como son, no siempre encuentran las palabras adecuadas pero siempre se hacen entender:

– No mamá, no hablo de comprar para dar sino de compartir, de quitarnos un poco de lo nuestro para dárselo a quien lo necesita…  No es lo mismo.

Segundo gancho de derecha directo al corazón… Mi esposa, impresionada por la finura y sensibilidad de la menor de nuestras hijas, quiso poner a prueba su coherencia:

– Me parece perfecto, cariño.  Pero debes tener en cuenta que, durante este mes, no haremos otra compra de lo que demos…  Así que, cuando se acabe, nos habremos quedado sin. ¿Te parece bien?

Con los ojos iluminados de alegría, Marian (así se llama mi hija de 4 años) salió corriendo a avisar a sus hermanos de que iban “a llenar bolsas de comida para quienes lo necesitan”.  Podéis imaginaros…  Quedaron los libros de texto solitarios sobre las mesas de estudio y un mini ejército de voluntarios se presentó en la cocina.  Todos querían participar.

Su madre –es lo que tiene ser la madre- les dirigía en su frenética actividad de recogida de alimentos:

– Coged dos paquetes de arroz y ponedlos en esa bolsa.  Dos botellas de aceite a esa otra.  Un paquete de azúcar…

Como experimentada administradora del hogar que es, mi mujer fue enumerando todos aquellos productos de primera necesidad que resultarían especialmente útiles a una familia que estuviera pasando serias necesidades y, cuando creía que ya estaba terminando, de nuevo esa voz infantil que más bien parece el susurro de la conciencia:

– Mamá…  Si hay niños, ¿no les tendríamos que poner algunas de estas galletas?

“Estas galletas” eran las preferidas de mis hijos… Y, de nuevo, trato de imponerse la “sensatez” de la mente adulta:

– Pero si damos algún paquete de galletas, vosotros no tendréis para todo el mes…  Y hemos acordado que no iríamos a comprar más…

Nueva sorpresa y redescubrimiento de la grandeza del corazón de los niños.  Los cuatro hermanos, casi como una sola voz, coincidieron en el mismo pensamiento:

Ya…  Pero, ¿te imaginas la alegría que les daremos a los niños que no las han probado nunca?  Nosotros podemos comer algunas menos y no nos pasará nada…  Pero ellos, así, podrán probarlas…  Y, si cada mes comemos unas pocas menos, ellos podrán seguir teniéndolas y disfrutándolas.

Tercer impacto en el alma de su madre…  Explosión de amor y orgullo… Puso las galletas en la bolsa con una sonrisa, cogió el teléfono y me llamó para explicarme –con voz entrecortada a causa de la emoción- lo que yo os he narrado.

No hay manuales para educar a los hijos y, por mucho que trates de formarte, terminas educándoles por el sistema de prueba-error porque, pese a las semejanzas, cada niño es un mundo.  Pero me encanta lo que veo, estoy orgulloso de las personitas en las que se están convirtiendo mis hijos… Y de cuanto irradian a su alrededor.  Son mucho mejores que yo…  Y eso me llena de satisfacción y de esperanza…  Porque gracias a su generosidad, un mundo mejor es posible.  Basta con que tengamos los ojos y los oídos atentos, para así aprender de la sencillez e inocencia infantil, del torrente de Vida que surge del limpio corazón de los niños.  Entiendo que Cristo los quisiera a su alrededor.  También yo los prefiero a muchos adultos.

Si tienes hijos, préstales atención.  Tienen mucho que enseñarnos, mucho que aportar, un mundo nuevo que construir.  Ayudémosles a hacerlo.

2 comentarios en “Lecciones te dan los hijos…

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