Repensar el presente para forjar el futuro: Intelectuales y Revolución


 

La presente recensión tiene por objeto reflexionar sobre la necesidad de los intelectuales –y de las teorías por ellos propuestas- para que pueda darse una revolución social o política que merezca esta denominación.

Y, concretando más nuestros intereses, escogimos como tema de la presente recensión  la necesidad de una intelectualidad, generadora de la teoría de la revolución, para que el fenómeno no quede reducido a un mero levantamiento o acto de rebeldía.  Es decir, pretendemos que nuestro trabajo verse sobre la conocida afirmación de “no hay revolución posible sin teoría revolucionaria”.

Nuestra intención -a través de la presentes reflexiones- no es la de realizar un trabajo incontestable sobre esta cuestión, no nos vemos capaces de ello, sino arrojar algo de luz al papel político que corresponde desempeñar a los intelectuales en el marco de una teoría de las revoluciones…  Especialmente en un momento de transformación política, económica y de consciencia como el actual.

Se trata, sin duda, de una cuestión opinable.  Somos conscientes de ello.  Por ello deben ser leídas las próximas páginas como intuiciones a media voz y no como verdades dogmáticas e incontrovertibles.

Con lograr concienciar a algún lector de su responsabilidad política como intelectual nos daremos por satisfechos.  Nada podría cumplir mejor nuestras expectativas que el saber que estas líneas han servido para mejorar, en algo, nuestra sociedad.  Confiemos en que así sea.

SOBRE EL NACIMIENTO DE LAS REVOLUCIONES

Parece razonable comenzar nuestra exposición sobre la teoría de las revoluciones definiendo el término esencial de nuestro ensayo: la “revolución”.  Aunque no es éste un vocablo unívoco, comenzaremos siguiendo las tesis del profesor Jean Baechler [2] y entenderemos por revolución a “aquel movimiento de contestación que consigue apropiarse del poder y, desde él, trata de ordenar la sociedad conforme a su teoría política  [3].

Resulta sorprendente cómo, de una conceptualización tan sencilla, pueden derivarse tantas consecuencias doctrinales como las que iremos tratando de analizar brevemente a lo largo de la presente reflexión.

Así, la mencionada definición nos aporta distintos elementos de interés sobre el nacimiento de las revoluciones.  En concreto, afirma expresamente que:

  1. Se trata de un movimiento que surge como contestación a algo.
  2. Ese movimiento de contestación tiene por finalidad el logro del poder.
  3. El  logro del poder por parte del movimiento de contestación no es una finalidad última sino medial; un paso intermedio para lograr una transformación de la sociedad conforme al ideal revolucionario.

Vamos ahora a detenernos, por un momento, en cada uno de estos puntos porque -también ellos- contienen mucha más información de la que puede parecer a simple vista.

ELEMENTOS PERTURBADORES QUE PUEDEN GENERAR UNA REVOLUCIÓN

La definición de la revolución como movimiento de contestación nos lleva a plantearnos cuáles son las causas de su nacimiento.

No cabe duda que uno contesta ante aquello que le incomoda, ante lo que no le satisface.  A efectos meramente didácticos de catalogación, el profesor Baechler[4] distingue entre tres grandes elementos perturbadores que pueden generar un movimiento social de contestaciónla arbitrariedad de los valores, la arbitrariedad de la elección y las presiones de la escasez.

Por arbitrariedad de los valores se entiende la falta de adecuación entre la jerarquía valoracional establecida por el poder político y el sistema de valores suscrito por una parte de la sociedad. Sabemos que toda sociedad está regida por una serie de normas –jurídicas o no- que implican la defensa de una serie de valores o bienes jurídicos por encima de otros.  Pues bien, puede suceder que una parte de la población no esté conforme con la jerarquización que se le impone desde el aparato estatal y que esta disfunción llegue a generar una situación de conflicto que desemboque en una revolución.
La arbitrariedad de la elección hace referencia a la imposición de una sola posibilidad de actuación en determinados ámbitos de la vida personal o social.  La conflictividad generada por esta modalidad de represión de la libertad variará en función de la institución o materia a la que afecte: así, no es lo mismo soportar una restricción en materia alimenticia que en política familiar o sexual.

Cuando se habla de las presiones de la escasez como posible causa de una revolución, se está haciendo referencia a una conflictividad que resulta prácticamente insuperable: la que se deriva de que tres de los bienes más deseados por el ser humano (el poder, la riqueza y el prestigio) sean escasos por naturaleza.  Esta escasez natural puede justificarse del siguiente modo:

  • En el caso del poder y el prestigio, resulta evidente que es ontológicamente imposible que todos tengamos poder y prestigio en una misma medida superlativa.  Puesto que se entiende más claramente en el caso del poder, vamos a ejemplarizarlo con él: no es posible que yo tenga un poder absoluto sobre todos mis conciudadanos y que, al mismo tiempo, cada uno de ellos también tenga el máximo poder sobre el resto.
  • Respecto a la riqueza, debemos decir que su escasez no está tan fundamentada en la limitación del dinero existente como en la ilimitación de los deseos susceptibles de serle satisfechos al ser humano.

Esta escasez conlleva que estos tres bienes se conviertan en un objeto de deseo que alimenta la rivalidad entre individuos y grupos y cuya distribución se realizará en función de criterios de fuerza.

De esta situación se deriva la tendencia del más fuerte a intentar mantener el status quo y el deseo del desvalido de sustituir a aquel en su posición para, de este modo, lograr satisfacer sus ansias de poder, riqueza y prestigio.

Debemos aclarar que la existencia de estos conflictos –que se dan en todas las sociedades en mayor o menor medida- no suponen, per se, que vaya a producirse una revolución en el seno de esa sociedad.  Es más, su habitual existencia en la estructura social se encuentra reflejada en la definición de “política” propuesta por Julian Freund[5].  Para él, este término designa “la actividad social que se propone asegurar por la fuerza, generalmente fundada en el derecho, la seguridad exterior y la concordia interior de una unidad política particular, garantizando el orden dentro de las luchas que nacen de la diversidad y de la divergencia de las opiniones y de los intereses”.

Ahora bien, lo que sí que puede afirmarse es que no encontraremos revolución alguna en la que no se dé alguna de estas tres categorías perturbadoras de la paz social.

A resultas de todo lo dicho, podemos sacar como primera conclusión que el advenimiento de una revolución supone un fracaso político de quien, ostentando el poder, no ha sido capaz de garantizar el orden y la concordia dentro de la conflictividad propia de una sociedad en la que existe una pluralidad de opiniones e intereses.

Una conclusión parecida es la expuesta por el siempre brillante Samuel Huntington en su obra “El orden político en las sociedades en cambio”:

“Los dos requisitos previos para la revolución son, primero, instituciones políticas incapaces de proporcionar canales de participación de nuevas fuerzas sociales en la política y de nuevas élites en el gobierno, y segundo, el deseo de fuerzas sociales hasta entonces excluidas de la política de participar en ella.  Es normal que ese deseo surja del sentimiento del grupo, de que necesita ciertas ventajas simbólicas o materiales, que sólo puede obtener si impone sus reivindicaciones en la esfera política.

(…)  Las revoluciones se producen cuando la participación política se encuentra limitada y las instituciones políticas son frágiles.

(…)  Las grandes revoluciones de la historia se produjeron, o bien en monarquías tradicionales muy centralizadas (Francia, China, Rusia) o en dictaduras militares de base estrecha (México, Bolivia, Guatemala, Cuba), o en regímenes coloniales (Vietnam, Argelia).  Todos estos sistemas políticos mostraban poca o ninguna capacidad para ampliar su poder y ofrecer caminos para la participación en política de nuevos grupos.

(…)  La esencia política de la revolución es la veloz expansión de la conciencia política y la rápida movilización de nuevos grupos para su intervención en política, a una velocidad que imposibilita la existencia de instituciones que los asimilen [6]”.

En el mismo sentido, se expresa también Chalmers Johnson:

“Los grupos en ascenso y con aspiraciones, y las instituciones rígidas o inflexibles, son la materia de que están hechas las revoluciones [7]”.

Y es –por tanto- ante la manifiesta incapacidad de quien ostenta el poder, que sólo cabe –como decíamos en el análisis de la definición de revolución- su sustitución.

Una sustitución que, como veremos a continuación, es un medio y no un fin; una conditio sine qua non para lograr la reestructuración del orden político-social de acuerdo con el esquema prefijado en la mente de los elementos revolucionarios.

EL ASALTO AL PODER Y LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL: LA NECESIDAD DE LA TEORÍA REVOLUCIONARIA

Hemos apuntado en el epígrafe anterior que una revolución pone de manifiesto la incompetencia política de quien ostenta el poder, puesto que implica la falta de cumplimiento de sus funciones de garante del orden social.

La finalidad de las fuerzas revolucionarias es, en primer lugar, sustituir al gobernante en el poder.  ¿Por qué?  ¿Para seguir garantizando el orden establecido?  Generalmente no pero, en ocasiones (y partiendo de la acepción más amplia del término “revolución”), es posible (por muy ilógico que parezca).

En aras de lograr una cierta claridad expositiva, podemos sintetizar las posibles finalidades de una revolución del siguiente modo:

  1. Garantizar el respeto al orden social oficialmente imperante frente a las actuaciones arbitrarias de quien detenta el poder.
  2. Restaurar un orden social anterior.
  3. Implantar un nuevo orden social.

Aunque, como veremos, existen diferencias entre estas tres modalidades de revolución (en función del orden social que pretendan establecer), también hay unos elementos que les son comunes y que las identifican como fenómeno revolucionario; cinco elementos que deben darse en toda revolución:

  1. El dualismo: en el seno de todo pensamiento revolucionario se encuentra la diferenciación entre “nosotros” y “ellos”, entre el Bien y el Mal.  Puesto que en el inicio de las revoluciones los partidarios de ésta suelen ser una ínfima minoría, no puede definirse el “ellos” como todo aquel que no es revolucionario ya que la desproporción de fuerzas sería tan grande que no cabría tener esperanza en la victoria.  Para evitarlo, suele matizarse este dualismo mediante el siguiente distingo:
  • Los revolucionarios conscientes (una minoría ínfima).
  • La fuente del Mal (un grupo minoritario).
  • Los revolucionarios potenciales (el resto de la sociedad).
  1. 2. Las exigencias de Libertad e Igualdad[8]:  ambas surgen de la contestación a los elementos que hemos calificado como perturbadores del orden social (esto es: la arbitrariedad de los valores y de las instituciones, por un lado y, por el otro, la escasez natural del poder, las riquezas y el prestigio).  Resulta interesante observar que ambas pulsiones, llevadas al extremo, son incompatibles e irreconciliables.  Esto sucede porque la búsqueda del igualitarismo exige la restricción de las Libertades y, a un tiempo, el absoluto respeto a la Libertad individual genera desigualdades sociales.
  2. La voluntad de retorno a la Edad de Oro:  un experto en etimología podría confirmarnos que el término “revolución” se empleó en el campo de la astronomía antes que en el de la política.  Este hecho resulta ilustrativo porque nos lleva a intuir que, del mismo modo que en la ciencia de los astros el término hace referencia al retorno periódico a un punto de partida, puede que en el campo de la política se persiga algo similar.  Esta intuición encuentra su constatación en el hecho de que toda revolución hace siempre referencia a algo así como una Edad de Oro o Estado idílico o de inocencia que, en su día, se perdió y que se pretende recuperar[9].
  3. La ruptura catastrófica:  es un detalle común a todas las revoluciones el que sus partidarios identifiquen la situación social previa como la acentuación hasta el límite de las desgracias padecidas; la idea de fondo es que del exceso de mal surgirá el Bien.
  4. La visión de la ruptura como inversión de signos: con la revolución se confía en cambiar completamente el estatus de la estructura político-social de manera que, por ejemplo, los pobres sean ricos; los ricos, descamisados; los poderosos, esclavos y, los esclavos, amos…

Por lo tanto, queda patente que todo asalto revolucionario al poder supone la necesidad de tener prefijada en la mente la imagen de la sociedad en la que se quiere vivir (ya que si no es así no se darán estos cinco elementos comunes a todo proceso revolucionario).  Una imagen que puede proceder del recuerdo o de una novedosa creación teórica.  Sólo cuando se dé esta última circunstancia nos encontraremos ante un proceso de la importancia de la Revolución Francesa, de la Revolución Americana o de la Revolución Rusa.  Las demás, por carecer de ese factor de innovación, merecerán a lo sumo la consideración de pseudo-revoluciones, de alzamientos o de actos de rebeldía.  Pero, sin novedosa teoría social –según la doctrina mayoritaria- no hay Auténtica Revolución, no hay Grandes Revoluciones.

Y, aunque en aquellos casos en que la Edad de Oro a la que se desea volver se corresponde con una estructura social del pasado no resulta imprescindible la existencia de un núcleo de intelectuales, en el supuesto que hemos denominado como Auténtica Revolución o Gran Revolución  sí que resulta indispensable que exista ese grupo de personas que “sueñe y desarrolle” la nueva estructura social, sí que resulta ineludible un sistema ideológico desarrollado que ordene y estructure los valores y criterios que regirán en el nuevo mundo post-revolucionario.

Veamos qué dicen algunos prestigiosos autores al respecto:

“Una revolución es un cambio rápido, fundamental y violento en los valores y mitos dominantes de una sociedad, en sus instituciones políticas, su estructura social, su liderazgo y la actividad y normas de gobierno.  Por lo tanto, es preciso diferenciarla de las insurrecciones, las rebeliones, los alzamientos, los golpes y las guerras de independencia.  Por sí mismo, un Golpe de Estado sólo cambia el liderazgo y quizá las orientaciones políticas; una rebelión o insurrección pueden cambiar estas últimas, el liderazgo y las instituciones políticas, pero no la estructura y los valores sociales; una guerra de independencia es una lucha de una comunidad contra el régimen de una comunidad extranjera, y no implica necesariamente cambio en la estructura social de ninguna de las dos.  Lo que aquí se denomina “revolución” es lo que otros han llamado grandes revoluciones, grandiosas revoluciones o revoluciones sociales.

(…)  Es frecuente que los estudiosos traten de diferenciar las “grandes” revoluciones –sociales y económicas- de las que “sólo” son políticas.  Pero en la práctica los más importantes resultados de las grandes revoluciones se dan precisamente en la esfera política, o tienen relación directa con ella.

Una revolución en gran escala implica la destrucción de las antiguas instituciones y pautas de legitimidad políticas, la movilización de nuevos grupos, la redefinición de la comunidad política, la aceptación de nuevos valores y nuevos conceptos políticos de legitimidad, la conquista del poder por una nueva élite política, más dinámica, y la creación de instituciones políticas nuevas y más fuertes  [10] ”.

“No hay proceso revolucionario sin que exista como mínimo un embrión de ideología, que le dé un sentido y le sirva de justificación.  (…) El objetivo, que consiste en querer apropiarse del poder, supone una interpretación de la vida en sociedad distinta de la que domina en aquel momento. (…)  Es necesario y suficiente que la ideología represente una visión del mundo lo bastante precisa como para construir el eje alrededor del cual pueda construirse una sociedad, y lo bastante compleja como para que, sino todos los grupos sociales, por lo menos la mayoría puedan proyectar en ella sus aspiraciones.  En definitiva, para ser eficaz, una ideología revolucionaria tiene que evitar la utopía delirante y el exclusivismo [11]”.

Puesto que se manifiesta como un elemento constitutivo esencial de toda revolución, profundicemos ahora en las teorías revolucionarias y en sus creadores, los intelectuales.

NO HAY TEORÍA REVOLUCIONARIA SIN INTELECTUALES.

Tras las anteriores disertaciones, por fin hemos llegado a la conclusión de la que partíamos: que los intelectuales resultan necesarios para la gestación y desarrollo de una revolución.

Sobre esta cuestión se han escrito ríos de tinta en muy diversas direcciones: así, mientras Georges Sorel definía a los intelectuales como “la clase parasitaria de la sociedad burguesa”, Lenin –sobre la huella de Kautsky, proponía la tesis de que los intelectuales son elementos imprescindibles para la formación de un partido de carácter revolucionario.  En su opinión, el proletariado no podía adquirir conciencia de clase  por sí mismo.  Debían dársela los intelectuales, desde afuera, porque la conciencia revolucionaria es un producto del conocimiento teórico, y un movimiento revolucionario es un producto de la organización política.  Por este motivo,

“los socialdemócratas deben apuntar a crear una organización de revolucionarios que dirija la lucha del proletariado.

(…)  Únicamente un partido guiado por una teoría de vanguardia puede desempeñar el papel de combatiente de vanguardia.


Es cierto que no se sigue de ahí que los obreros no participen en esa elaboración.  Pero no participan como obreros, participan como teóricos del socialismo, como Proudhon o Weitling; en otros términos: sólo participan en la medida en que logran adquirir un conocimiento más o menos perfecto de de su época, y la hacen progresar.  Pero, para que los obreros lo logren más a menudo es necesario esforzarse lo más posible en elevar el nivel de conciencia de los obreros en general [12] ”.

Esta postura[13], que ha cosechado un éxito muy superior al logrado por la teoría soreliana, no supone que el intelectual tenga que ser un político más del partido revolucionario en la oposición sino que le reserva unas funciones muy concretas: puesto que no hay auténtica Revolución sin teoría revolucionaria, es preciso que un grupo de intelectuales –entendidos como ideólogos del movimiento- dediquen su tiempo y sus esfuerzos a configurar y promover ese nuevo orden social que aúne la superación de las limitaciones del vigente con la adhesión de las voluntades e ilusiones de una mayoría de la sociedad.

“Brinton y otros han afirmado que la deserción de los intelectuales es la precursora de la revolución.  Pero en verdad el heraldo de la rebelión no es esa deserción, sino el surgimiento de los intelectuales como grupo diferenciado.  En la mayoría de los casos no pueden desertar del orden existente porque nunca han sido una parte integrante de él.  Nacen para la oposición, y la responsable de su papel potencialmente revolucionario es su aparición en el escenario social, y no un traspaso de sus fidelidades [14] ”.

Pero la función del núcleo intelectual no debe terminar en la creación de la teoría revolucionaria y la promoción de la misma: puesto que la sociedad es un ente vivo que varía constantemente, también el orden social revolucionario debe ser apto para someterse a esas adaptaciones o actualizaciones.  Aunque su efectiva materialización es tarea del político y no del intelectual, éste debe permanecer cerca de aquél para hacerle participar de las ideas de fondo, de los bienes jurídicos y de los valores que deben regir la política del nuevo gobierno revolucionario para evitar que, en un breve espacio de tiempo, surja una nueva revolución que les derroque e imponga otro paradigma socio-político.

Esta visión de la función del intelectual se pone claramente de manifiesto en la concepción que del partido tenían tanto Lenin como Stalin, quienes iban, incluso, más allá de nuestra propuesta.  Para ellos, el partido está compuesto por la élite política; es autónomo de las masas, a pesar de que está en contacto con ellas.  Les proporciona la voluntad y la dirección.  Es la vanguardia del proletariado. Y, “la dictadura del proletariado es en esencia la dictadura de su vanguardia, la dictadura de su partido, principal fuerza orientadora del proletariado [15]  Por tanto, en esta afirmación se pone de manifiesto el convencimiento de que el ideólogo –entendido como el intelectual creador y defensor de la teoría revolucionaria- debe formar parte del aparato de gobierno en el Estado surgido de la revolución.

Parcialmente en desacuerdo con esta línea argumental, afirma Norberto Bobbio:

“La tarea del intelectual es agitar ideas, sacar a la luz problemas, elaborar programas o bien, sencillamente, teorías generales; la tarea del político es tomar decisiones.(…) La tarea del creador de ideas es persuadir o disuadir, animar o desanimar, expresar juicios, dar consejos, hacer propuestas, inducir a las personas a las que se dirige a formarse una opinión de las cosas. (…) Las ideologías son siempre nebulosas formadas por un polvillo de ideas de las que no es fácil definir la forma y la sustancia.  Pueden inspirar, quizá guiar la acción, pero nunca la determinan del todo”

Tal vez, para superar la oposición entre la postura leninista-estalinista y la propuesta de Bobbio, habría que proceder a realizar una distinción entre el intelectual y el ideólogo.

Veamos como define este último concepto –con muy mordaz pluma- el Doctor Fernández de la Mora:

“Todo aquel que cultiva el pensamiento ideológico no es un intelectual auténtico, sino un espíritu sediento de poder político, y su multiplicación y agrupación da lugar, más que a escuelas filosóficas, a grupos de presión.

(…)  Una ideología es una filosofía política vulgarizada.

(…)  El hombre práctico y deseoso de enmascarar sus apetitos tras una apariencia meditativa, encuentra en las ideologías el recurso perfecto:  activismo egoísta y comprometido, pero con visos de apostólica y neutral especulación.  A una ideología no se llega, como a un teorema, porque sí, es decir, por el gozo de hallar una verdad, aunque sea inútil.  Una ideología no es un afortunado hallazgo, sino un instrumento que se forja para algo, un útil para mover a las colectividades.  Sea cual fuere la panacea social que esgrima, todo ideólogo está movido por la pasión de mandar.  (…)  No hay entre ellos ni un solo teórico puro.  No se dirigen a los estudiosos; escriben para los agitadores [16] “.

Bobbio, siempre más academicista y comprometido políticamente, procede a un distingo distinto: entre intelectuales puros e intelectuales revolucionarios.  Califica ambas categorías del siguiente modo:

“Ambos, el intelectual revolucionario y el intelectual puro, tienen en común la conciencia de la importancia de su papel en la sociedad y de su misión en la historia (…):  para el primero vale el principio de que no se hace una revolución sin una teoría revolucionaria y de que, en consecuencia, la revolución debe darse antes en las ideas que en los hechos;  para el segundo, vale el principio contrario de que la razón de Estado o, lo que es lo mismo, la razón de partido, de nación o también de clase, nunca debe prevalecer sobre las razones imprescriptibles de la verdad y de la justicia.  Están destinados a ni encontrarse, incluso a chocar, porque para el primero es verdad lo que sirve a la revolución, mientras para el segundo la verdad es, por sí misma, revolucionaria[17]”.

Como ya hemos visto anteriormente, Bobbio manifiesta una cierta preferencia por el intelectual puro… Pero, con matices.  Según él, en la relación entre el político y el intelectual subyace la eterna tensión entre el hombre de pensamiento y el hombre de acción; entre la vida activa y la contemplativa…  Por este motivo, en la política del día a día, debe escogerse entre ejercer el poder mediante la fuerza o ejercerlo a través de la influencia.

No importa la opción por la que uno se decida: tanto por un camino como por el otro puede encenderse la mecha de la revolución.  Y una vez encendida, el resto de la selva arderá sola… Siempre habrá quien, como el viento, esté dispuesto a extender el fuego.  Un fuego que él no ha iniciado, pero que le da calor.  Un fuego que, aunque le era ajeno, él hará suyo.

CONCLUSIÓN

Por fin hemos llegado al apartado de las conclusiones; de las intuiciones intelectuales derivadas de los datos y reflexiones desarrollados en las páginas previas; de aquello que permanecerá en nosotros cuando olvidemos los eruditos datos concretos que nuestra memoria no siempre es capaz de retener.

Y, ¿qué es lo que nos quedará?  Quedará en nosotros la noción de revolución como reestructuración absoluta de los cimientos de la sociedad a través de la conquista del poder; quedará en nosotros el convencimiento de que, antes de destruir el sistema imperante, es preciso tener prefijada en la mente la imagen ideal del nuevo mundo que se quiere construir; quedará en nosotros la certeza de que son necesarias mentes creativas capaces de dar vida a esas teorías y quedará en nosotros la inquietud de ser uno de esos motores que, a través de su labor intelectual, lleven a la sociedad a avanzar –al menos, un paso más- en el largo camino de la búsqueda de la utopía.

Las lecturas que han acompañado a este trabajo, las horas dedicadas a su asimilación, las reflexiones que han generado…  Todo ello nos ha ayudado a introducirnos en la idea y el funcionamiento de la revolución.

Una revolución que, en contra de lo que muchos piensan –y de acuerdo con lo que algunos han demostrado- puede lograrse sin necesidad de alborotos callejeros.  Una revolución que, naciendo en el mundo de las ideas, puede extenderse a través de la educación, de la música, de la paz y de las flores.  Podrá ser, es cierto, una revolución más lenta… Pero, sin duda, supondrá una transformación más segura y duradera del mundo que nos rodea.

Así pues, todos nosotros podemos buscar soluciones a aquello que nos enoja de la sociedad en que vivimos y proponer -y promover- nuevos paradigmas desde los que afrontar la existencia personal y social.  Sólo hay que repensar el presente, para así forjar nuestro futuro.  Y esa función, nos guste o no, corresponde al intelectual; es responsabilidad de la Universidad; es, nuestra responsabilidad.  Que cada uno cumpla con su deber; nos conviene a todos.


[1] El Dr. Tarnawski hace al respecto un interesante paralelismo con el tratamiento recibido por los autores alemanes que trataron de estudiar, a posteriori, el totalitarismo nacional-socialista.  Dice así:

“El peso de la sovietología condena los estudios sobre el comunismo al mismo destino que la investigación sobre los sistemas autoritarios de los años veinte y treinta.  La valoración del fascismo y del totalitarismo nazi salió a la luz cuando éstos habían ya muerto, derrotados en la guerra.  Es lógico que fueran los mismos vencedores quienes pusieran la nota política, la sentencia de la historia.  No se contó con las opiniones de los implicados directamente en la realidad totalitaria.  En los primeros años de posguerra, los autores alemanes, que intentaban ofrecer su visión del pasado, fueron en su totalidad ignorados.  La valoración teórica de las revoluciones y regímenes totalitarios se reservó a los aliados y la condición de testigo presencial no fue respetada.  (…)  Por el momento parece que no se podrá evitar que la explicación de la realidad comunista y de la revolución anticomunista se convierta también en una especie de saber <<privilegiado>>…”

[2] Posteriormente ya tendremos ocasión de conocer otras acepciones dadas a la revolución desde distintas corrientes teóricas.

[3] Baechler, J.  “Los fenómenos revolucionarios”, Ed. Península

[4] Op. Cit.

[5] Freund, J.  “L´essence du politique”,  Ed. Sirey

[6] Huntington, S.  “El orden político en las sociedades en cambio”, Ed. Paidós.

[7] Johnson, C.  “Revolution and the Social System”,  Ed. Hoover Institution

[8] De acuerdo con el libro V de la “Política” de Aristóteles, la causa fundamental de las sublevaciones se encuentra en las nociones de igualdad y desigualdad: los que aspiran a la igualdad se sublevan si creen que siendo iguales, tienen menos que los que tienen más, y los que aspiran a la desigualdad y a la supremacía se rebelan si, creyéndose desiguales, no ven reconocida esa situación.

[9]  Sobre esta materia, resulta interesante el Capítulo II de “La revolución a debate” (de François Furet,  Ed. Encuentro) en el que el autor analiza las referencias a la Edad de Oro en las Revoluciones Inglesa, Americana y Francesa.

[10] Huntington, S.  Op.cit.

[11] Baechler, J.  Op. Cit.

[12] Lenin, V. I   “¿Qué hacer?”, en “Lenin, sobre Arte y Literatura”, Ed. Júcar.

[13] Respecto a la tesis de Lenin, matiza Huntington:

“Lenin pensaba casi siempre en términos de intelectuales y obreros; Mao mostró que la teoría leninista del desarrollo político tenía también pertinencia en una coalición de intelectuales y campesinos”.

 

[14] Huntington, S.  Op. Cit

[15] Stalin, J.  “Foundations of Leninism”,  Ed. International Publishers.

[16] Fernández de la Mora, G.  “El crepúsculo de las ideologías”,  Ed. Espasa-Calpe

[17] Bobbio, N.  Op. Cit.

[Extracto de mi artículo “Revolución y Teoría Revolucionaria: el papel de los Intelectuales” (Inédito)]

Un comentario en “Repensar el presente para forjar el futuro: Intelectuales y Revolución

  1. A los Indignados del Mundo…
    Cuando se torna insoslayable, que la civilización humana, debe optar entre la racionalidad económica o resignarse a una extinción apocalíptica; como una señal de esperanza, para los miles de millones de indignados en el mundo; se elucida, un nuevo Pensamiento Económico, que decodifica programáticamente un Modo Económico-Humano-Racional; con suficiencia sistémica para contener siglos de egocentrismo económico y equiparar el crecimiento económico con el desarrollo humano, en el designio superior de redimir la dignidad humana.
    Correspondiendo, por conciencia de vida, a todos los indignados por la imperante barbarie económica; empezar a desarraigarse de las clásicas directrices económicas, actualmente en crisis sistémica terminal; y atreverse a expandir los estadios del conocimiento adquirido, para facilitar el entendimiento de los primeros, dos enunciados a la humanidad; que dejan entrever sumariamente, la factibilidad cierta de nuevos fundamentos socioeconómicos.
    En pertinencia, si surgen críticas, inexcusablemente deben ser con conocimiento pleno de causa; las críticas constructivas, deberían enmarcarse en una dinámica perfectible de la teoría; como las críticas destructivas, deberían tener un sustento de antítesis, que exponga alternativas superiores y viables; no vertidas por obnubilad egotista, de oponerse simplemente por oponerse…
    J-Karim
    http://www.racionalidadeconomica.org

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