Cuando te toca sufrir, o del sufrimiento como despertador


Todos (unos más, otros menos…  Pero todos, en definitiva) hemos pasado por el sufrimiento, por el dolor.  Y, al padecerlo en propias carnes, es posible que hayamos descubierto que tiene una cualidad especial: la de despertarnos.

De hecho, en esta evidencia se basaba C.S.Lewis para afirmar que el sufrimiento es el altavoz que utiliza Dios para hablarnos a los que somos un poco duros de oído, el despertador que utiliza para despertarnos de nuestro sopor.

Las dificultades nos hacen abrir los ojos a realidades que hasta ese momento no habíamos observado, o no habíamos querido observar: no se vive del mismo modo la noticia televisiva de que hay seis millones de parados en España, que ese burofax en el que se te comunica que pasas a engrosar esa larga fila de los seis millones de parados.  Es en este momento –y no antes, por desgracia- cuando te planteas las implicaciones personales y familiares que tiene tu nueva situación, es cuando tomas conciencia del drama que supone el desempleo…

Lo mismo sucede cuando te comunican la muerte del ser querido de un conocido…  Te dueles por él en función de la amistad que os una pero, ¿realmente te pones en su situación? ¿Realmente eres capaz de imaginar cómo te sentirías tú si el fallecido no fuera su padre sino el tuyo?

Si eres capaz de realizar este ejercicio, de ponerte en el lugar del que está sufriendo, te aseguro que producirá cambios en tu comportamiento.  No sólo le tratarás –y ayudarás- de un modo distinto y más acertado, sino que aprenderás en experiencia ajena y tomarás las medidas necesarias para reducir tu dolor si algún día eres tú el que se encuentra en la tesitura del que hoy sufre.

Escuchaba hace poco a Joan Antoni Melé –en una conferencia que ya he colgado en este blog- tratando sobre esta misma cuestión.  Su planteamiento era, más o menos, el siguiente:  los españoles hablamos hoy de la crisis, nos quejamos de nuestra alta tasa de paro, de las necesidades y penurias que sufrimos…  Pero, ¿y qué hay de la crisis que lleva 30 años asolando a los países más pobres del mundo? ¿Qué hay de las necesidades y penurias de los que viven en un país que no puede ofrecerles una prestación de desempleo y se encuentran totalmente desamparados, salvo por la generosidad de quienes tienen algo más y son conscientes de su situación? ¿Eso no era crisis? ¿Eso no os preocupaba? ¿No era necesario actuar para ayudar en ese caso pero sí ahora que somos nosotros los afectados?

Los seres humanos somos como somos…  Naturaleza caída que debe reencontrar el camino de vuelta al Paraíso perdido…  Tenemos tendencia a preocuparnos por nosotros mismos más que por los demás…  El egoísmo forma parte de nuestro ADN, y se requiere educación, reflexión, meditación y voluntad para deshacerse de él.  Puedes hacer una prueba –que resulta divertida- para comprobarlo: invita a un amigo a tu casa y coméntale que tienes -en el comedor- una silla que parece un tanto inestable y que dudas si soportaría el peso de un adulto.  Pregúntale si puede echarle un vistazo.  En el mejor de los casos se la mirará durante treinta segundos antes de asegurarte que no hay problema, que aguanta.  Transcurridos diez minutos, al ir a sentaros a la mesa para comer, dile que él va a sentarse en esa silla…  ¿Te imaginas lo que hará?  Claro, ¡volver a comprobar si aguanta el peso con mucho más detenimiento e interés!

No, no es un chiste, es un hecho…  Y debemos ser conscientes de ello.  No valoramos ni tratamos del mismo modo un problema ajeno que el que nos afecta a nosotros, que el que es propio.  Por este motivo, las crisis, los problemas, las dificultades, los sufrimientos, se nos presentan –también- como oportunidades, como ocasiones para despertar, para hacernos conscientes de cosas que, anteriormente, permanecían invisibles para nosotros.

Ante las dificultades no hay que desesperar, hay que tratar de descubrir qué nos aporta cada experiencia porque –lo creamos o no- el Universo tiene sus leyes y una de ellas es que todo es para bien, que cada acontecimiento forma parte de un intrincado plan que nos conduce a dónde debemos llegar, a nuestro estado de máximo desarrollo y felicidad.  Sólo hace falta atender a las señales, aprovechar las oportunidades…  Que no es poco.

Presta atención a los que sufren, trata de ponerte en su lugar, aprende de su experiencia y ofréceles tu socorro.  Ellos lo necesitan, pero tú también.

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