Jano, o los dos modos de ver la vida (Perales y Sabina)


Ayer disfruté de una velada fantástica: junto a mi esposa, mis hermanos, sus respectivos y mis mejores amigos, acudimos al concierto que brindaba Jose Luís Perales en el Palau de la Música.  Fue delicioso.  Con cada uno de sus antiguos temas me transportaba a un pasado remoto, porque sus canciones forman parte de la banda sonora de mi infancia.  Me gusta la música -lenguaje de ángeles- y me fascinan los cantautores; suelen darme qué pensar…  Cada uno a su modo.

Pero, más allá de mis emociones y afectos (que supongo que os traerán sin cuidado), hubo algo en el concierto, en el cantante, en las melodías y en sus letras que me hizo reflexionar: su tono dulce, hermoso, optimista…  Incluso al cantar sobre la ruptura, la pérdida o el desamor.  Perales es un cantante que no me cansa, que no me molesta, porque me hace sentir bien, me hace percibir la existencia de un modo positivo.

La serenidad y paz que transmite en todos sus éxitos contrasta con la de otro de mis cantautores de referencia: Sabina.  En éste, predomina la tristeza, el cinismo, lo negativo, el enfrentamiento, un cierto aire “canalla”…

Aunque el tema de sus canciones pueda ser el mismo, su forma de aproximarse a él es diametralmente opuesto.  Su mente, sus emociones, su ego, hace que interioricen -y expresen- una misma experiencia de dos modos completamente distintos, incluso contradictorios.  Y, por desgracia, no es éste un mal que afecte sólo a los artistas… Es algo que nos sucede a todos.

Recuerdo que Álex Rovira explicaba en una entrevista que, en el germen de su libro “La buena suerte” se encontraba la constatación de que quienes afirmaban haber tenido buena suerte en su vida, generalmente, habían tenido que sufrir experiencias más duras y traumáticas que quienes estaban convencidos de que el destino les había dado fuerte. ¿Cómo era posible, pues, que afirmaran ser afortunados?  La diferencia estaba en el modo de interiorizar sus experiencias, de enfrentarse a las dificultades.

La vida es la que es, pero puede mirarse de muy diversos modos, desde distintas perspectivas.  Cada uno de nosotros se asemeja al dios Jano de la mitología romana que, con sus dos caras (una mirando hacia adelante y otra hacia atrás), nos recuerda que hay distintos modos de enfrentarse al día a día…  Y que ambos son parciales, sesgados.

Ni todo es completamente hermoso, fantástico y maravilloso (buenismo optimista y alejado de la realidad), ni todo es feo, triste y gris (pesimismo destructivo).  Jano no se identifica con uno de sus dos rostros, sino con los dos: con una visión completa de la realidad, percibiendo todos sus matices.  Hay que tener en cuenta que no es concebido por los romanos como un demonio (una fuerza negativa) sino como un dios (como un impulso benéfico) porque una visión cabal de la realidad permite comprender y experimentar que, incluso lo que hoy nos parece un mal, es en realidad una necesidad para obtener mañana un bien aun mayor.  Todo es para bien, por lo que no hay por qué preocuparse.  Éste es el fundamento de la aceptación tranquila tan propia de Oriente, de respetar el Tao, de fluir con la vida, de centrarse y disfrutar de las bondades y goces que -si sabemos buscarlos, como hablábamos ayer- siempre esconde el presente tras su doble rostro, tras su apariencia bifronte.

Como me decían cuando era un niño que escuchaba a Perales en el coche con sus padres: “si tu problema tiene solución, ¿por qué te preocupas? Y si no la tiene, ¿para qué preocuparse entonces?”.  Cuánta verdad en esta sencilla pregunta, pero qué difícil de llevarla a la práctica.

Es el conocimiento y educación de nuestra mente (y de nuestro Espíritu) lo que nos va a permitir ver el mundo de uno u otro modo.  Y esta visión es la que nos va a conducir a la paz o la desesperación, a la felicidad o a la amargura.  Tal vez sería bueno dedicar un tiempo a su cultivo, pues son muchos los frutos que se derivan de ello.

Como Jano, no quiero escoger entre las dos visiones, entre Perales y Sabina, porque la realidad, la buena música, los incluye a los dos…  Incluso en medio de la amargura o el desasosiego de un tema de Sabina, tengo la tranquilidad de saber que esta canción que es la vida puede tener un final feliz y, por este motivo, en medio de las dificultades intento prestar más atención a la belleza de mi danza que al futuro pero incierto fin de la canción.

Gracias, Perales, por tu fantástico concierto.  Gracias, oh musas, por estas intuiciones.  Gracias, amigos, por compartirlas conmigo.

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