¿Enojado por la crisis? Mejor da gracias por lo que tienes


Vivimos una época difícil, de estrecheces y sacrificios, de pagar la cuenta que se debe por un periodo de opulencia y desenfreno.  Pero parece que nadie se atreve a echarnos en cara nuestras locuras pasadas…  Y tal vez deberían, porque así todos nos podríamos responsabilizar de nuestro pasado y afrontar con consciencia nuestro presente y futuro.

Pero no: en todas partes escuchamos los errores que cometieron los demás (no nosotros, claro está), experimentamos la dureza de un presente de restricciones y se nos prepara para un futuro de recortes.

Leas el diario que leas, escuches la emisora que escuches y sintonices el canal de televisión que sintonices…  Todo es deprimente, todo es preocupante, todo es cabreante.  Sólo somos capaces de ver los nubarrones de tormenta, olvidando que nos están ocultando el sol…  Y nos amargamos, y nos enojamos, y nos desesperamos…

Este artículo pretende hacerte salir de este círculo vicioso, pretende lograr que tomemos conciencia de que -incluso en medio de esta situación- hay mucho por lo que dar gracias y alegrarnos.  Que todo es mejor de lo que nos parece.  Podrás pensar que se trata de un brindis al sol pero, como suele recordar Álex Rovira, “aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia”.  Debemos aprender a mirar, de un modo nuevo, nuestra vida…  Incluso nuestra crisis.

El ideograma chino de crisis contiene dos ideas: una de ellas es la de peligro, la segunda es la de oportunidad.  En la crisis que estamos sufriendo, el peligro está claro y no hace falta detenerse en él porque todos lo conocemos: el desamparo material, la penuria.

Pero pocos hablan de las oportunidades que acompañan a esta crisis.  No estoy bromeando, el sufrimiento -propio y ajeno- no me inspira sonrisas, hablo con total seriedad: esta crisis también tiene su vertiente luminosa, nos está permitiendo descubrir la grandeza de muchos seres humanos (y no sólo la bajeza de otros tantos).  Y puede ser un acicate para descubrir, incluso, nuestro propio valor y el de las pequeñas cosas…  Que permanecía sepultado bajo toneladas de cosas.

Déjame que te plantee algunos ejemplos:

Tú y yo somos, y podríamos no ser. Tu vida será mejor o peor, pero vives. Y, por muy dura que sea tu existencia, mientras respires hay esperanza.  Doy gracias por vivir, ¿tú no?

Esta mañana, cuando he despertado, estaba acostado sobre una cama y arropado con sábanas.  El colchón podrá ser viscoelástico, de espuma o de muelles, pero era un colchón… ¿Cuánta gente habrá dormido esta noche sobre el frío suelo?

Y estaba en una habitación, con la ventana cerrada.  Ni frío ni calor. ¿Cuántos habrán pasado la noche buscando un lugar donde cobijarse?

Y mi mujer, a la que adoro, dormía plácidamente a mi lado. ¿Cuántos sufren la soledad? ¿Cuántos han perdido al amor de su vida? ¿Cuántos tienen a su esposa en un hospital, ingresada, debatiéndose entre la vida y la muerte?

Y mis hijos, también dormidos, recuperaban las fuerzas para un nuevo día de colegio. ¿Cuántos han perdido a sus hijos? ¿Cuántos los tienen enfermos? ¿Cuántos críos no tienen padres? ¿Cuántos no pueden ir al colegio porque tienen que trabajar? ¿Cuántos han sido convertidos en esclavos de la barbarie? ¿Cuántos son niños de la guerra?

Y ahora estoy escribiendo este artículo, tratando de plasmar en letras cuanto contiene mi alma, con la esperanza de que sea útil a quien pueda leerlo. ¿Cuántos no sabes escribir? ¿Cuántos no saben leer? ¿Cuántos, sabiendo, han perdido la movilidad o la vista? ¿Cuántos se desconocen a si mismos y no pueden acceder a su alma? ¿Cuántos son incapaces de pensar en el bien que pueden hacer a su prójimo?

Y después me iré a trabajar…  Sí, gracias a Dios aun tengo un trabajo.  Y por muy duro que pueda resultar el día, no saldrá de mi boca una queja, porque yo tengo un puesto de trabajo y otros muchos no. Porque me permite vivir y mantener a los míos. Porque, me guste más o menos, no me degrada, no me envilece, no pone en peligro mi vida. ¿Cuántos no tienen trabajo o, si lo tienen, arriesgan su vida o su alma en él?

Y podría seguir hablando de la salud, del alimento, de los amigos, de la cultura, del ocio, de la música, de la televisión, del deporte…  De tantas y tantas cosas de las que puedo disfrutar y no siempre agradezco.

Habrá quien dirá: sí, pero antes estaba mucho mejor.  Ahora tengo menos cosas y más preocupaciones.

¿Realmente estabas mucho mejor? ¿O simplemente tenías más cosas? Porque, realmente, ¿qué nos ha quitado la crisis?  La crisis nos que quitado cosas, cosas que teníamos, cosas que queríamos tener, cosas que necesitábamos, cosas que creíamos necesitar…  Pero no nos ha quitado ni un ápice de lo que somos.  Porque, lo recuerdo para los olvidadizos: no somos lo que tenemos…  Simplemente, somos.

De hecho, muchos hemos vivido durante años inmersos en una espiral de actividad y consumo (el modo de vida del tener) que nos ha mantenido ciegos y sordos a los llamados y necesidades de nuestro interior, de nuestra esencia, de nuestro ser.

El cambio de vida forzoso al que nos ha obligado la situación actual, la relentización de nuestro ritmo de vida, ha posibilitado un cierto silencio o sosiego que nos permite oír susurros que hasta ahora no percibíamos… Los llamados de una parte de nosotros mismos que, hasta este momento, teníamos abandonada.  De un Ser que no se ha visto disminuido a causa de la crisis sino que, muchos, ahora estamos empezando a descubrir en toda su grandeza y valor.

Tener menos cosas no es malo, puede ayudarte a simplificar tu vida y dar más importancia a las cosas que realmente la tienen porque mejoran o incrementan tu ser, produciéndote una alegría y satisfacción que nadie podrá arrebatarte.  Como decía Unamuno: “triste cosa es dejarse adormecer por voces que enmudecerán a nuestros oídos cuando se nos ensordezcan éstos para siempre”.

Dedica tiempo a esos bienes inmateriales que no tienen precio ni perecen con el tiempo, esos bienes que se guardan en tu interior y que se incrementan al ser compartidos: una buena lectura, la conversación con un amigo o un ser amado, una visita inesperada, una caricia, hacer o recibir un favor…

Y termino citando una de las cosas por las que más gracias doy de esta crisis: la situación actual saca a la luz el interior de las personas, y ofrece la posibilidad de sentir -en actos de ayuda- el amor de quienes nos rodean.  Es tiempo de dar y de recibir, es tiempo de recordar el libro de los Proverbios: “No niegues el beneficio al que lo necesite, siempre que esté en tus manos hacerlo” (Prov. 3, 27)

Y, como dicta el arte de los beneficios, del que hablaremos otro día, “cuando realices un favor, olvida inmediatamente que lo has hecho.  Pero cuando seas tú el beneficiario, no lo olvides jamás y guarda para siempre en tu corazón el agradecimiento para con tu benefactor”.

Habría que comenzar el día con un convencido “gracias”, porque -sea cual sea nuestra situación- siempre tenemos algo que agradecer.  Ese simple agradecimiento matutino puede cambiar tu vida, o al menos tu día, ayudándote a comenzarlo con una sonrisa. Una sonrisa que, finalmente, será compartida.

 

 

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